Cuando pensamos en una persona dedicada a la investigación científica, muchas veces imaginamos a alguien que siempre supo que quería ser científico. Pero la realidad es que muchas trayectorias comienzan con dudas, intereses distintos y oportunidades que aparecen en el camino. En mi caso, durante escuela superior no estaba completamente seguro de qué quería estudiar. De hecho, una de las áreas que más me apasionaba era el teatro. Me gustaba presentarme, comunicar y desarrollar esa confianza frente a otras personas. Sin embargo, también existía esa conversación constante sobre buscar una carrera con estabilidad profesional y económica.
Mirando hacia atrás, me doy cuenta de que las ciencias siempre fueron las clases donde mejor me desempeñaba. Esa combinación entre curiosidad y capacidad fue lo que eventualmente me llevó a solicitar admisión a la Universidad de Puerto Rico en Humacao. Aunque inicialmente entré al programa de manejo de vida silvestre, más adelante pude transferirme al programa de microbiología, donde comenzó realmente mi conexión con la investigación.
Uno de los momentos más importantes ocurrió durante un curso donde debíamos analizar y presentar un artículo científico completo. Más allá de leer resultados, teníamos que desmontar el proyecto paso a paso: entender las limitaciones, interpretar por qué se utilizaron ciertos métodos y explicar cómo cada parte contribuía a contestar una pregunta científica. Ahí comprendí algo que cambió mi perspectiva: la ciencia no es solamente memorizar conceptos, sino entender procesos, cuestionar resultados y comunicar descubrimientos.
Más adelante, durante mi maestría en microbiología en el Recinto de Ciencias Médicas, descubrí el área de bioinformática. Honestamente, no era algo que imaginaba durante mi bachillerato. Cuando uno piensa en microbiología, usualmente piensa en laboratorios, pipetas y ambientes estériles. Pero eventualmente entendí que detrás de cada muestra también existe una enorme cantidad de información que debe analizarse utilizando herramientas computacionales.
La bioinformática combina precisamente esos dos mundos- biología y análisis computacional. Hoy utilizamos secuenciación, visualización de datos y herramientas digitales para transformar muestras biológicas en información útil que pueda ser interpretada y compartida con la comunidad científica. Este tipo de roles demuestra que la ciencia necesita múltiples talentos. Hay espacio para quienes trabajan directamente en el laboratorio, pero también para quienes desarrollan análisis, programación, visualización de datos y otras herramientas tecnológicas que impulsan la investigación moderna.
Por eso considero tan importante que estudiantes tengan oportunidades de exposición temprana a estos ambientes. Muchas veces las universidades enseñan la teoría, pero no siempre es posible ver cómo funciona realmente un laboratorio de investigación o cómo se integran distintas disciplinas dentro de un proyecto científico. Cuando estudiantes visitan el Research Institute o participan en talleres y programas educativos, pueden descubrir oportunidades profesionales que quizás no sabían que existían. Y en ocasiones, esa experiencia es suficiente para despertar nuevas metas, intereses o posibilidades de desarrollo. Hoy, desde mi rol en el Instituto, también tengo la oportunidad de estar "del otro lado", colaborando en talleres y experiencias dirigidas a estudiantes universitarios para que puedan conocer de primera mano cómo se ve la industria y las distintas oportunidades que existen dentro de la ciencia y la investigación. A veces, darse la oportunidad de vivir esa experiencia es lo que permite visualizar un camino profesional que antes parecía distante o desconocido. La ciencia en Puerto Rico necesita más espacios donde la curiosidad pueda convertirse en oportunidad.
